Cine contra la opresión: la historia de “La hora de los hornos”

El escritor y periodista Felipe Celesia, uno de los más lúcidos narradores de la efervescente década del ´70 –de la que abundan escribas, no siempre con su hondura y rigor- dedicó un libro a “La hora de los hornos”, el colosal testimonio audiovisual de “Pino” Solanas y Octavio Getino. Una entrevista sobre los fundamentos del cine político argentino que llega hasta nuestro dramático presente.

Los bombos de Domingo Cura. Las letras blancas impresas sobre fondo negro en tipografía catástrofre. Imágenes de la represión durante las décadas del 60 y 70. El rostro desfigurado de Ernesto “Che” Guevara asesinado en la selva boliviana. Algunas palabras cobran mayor relevancia: neocolonialismo, revolución, liberación.

Estas son algunas pinceladas de aquel film emblemático de 264 minutos de duración pergeñado por Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino llamado La hora de los hornos. Así como acaso La voluntad de Eduardo Anguita y Martín Caparrós sea el mayor testimonio escrito de las voces de una generación, este documental –rodado durante la dictadura de Onganía y proyectado clandestinamente hasta que pudo estrenarse de manera oficial en el país en 1973– es su mayor testimonio audiovisual. Aún hoy no pierde vigencia.

En su último libro, el periodista Felipe Celesia se propuso narrar esta historia que lo conmovió aquella primera vez que lo vio en la década del noventa y que solía escuchar en charlas de su padre con viejos compañeros de militancia. Logró acceder a archivos personales de Solanas (“Pino tenía tres biblioratos enormes que decían La hora de los hornos y ahí estaba todo”), y eso, sumado a una investigación que según su método riguroso y personal le llevó alrededor de tres años, se materializó en su último libro publicado por Planeta. En esta charla expande ese universo que nos habla de la militancia, la cultura y la estética de una época que, a modo de provocación, en la tapa se lee: “Arqueología de un país que ya no existe”.

-Pablo Díaz Marenghi: ¿Cómo llegaste a La hora de los hornos?

-Felipe Celesia: Cuando la vi por primera vez en los 90 me pareció que tenía una actualidad enorme y creo que aún la tiene. Después, recuerdo cuando publiqué el libro sobre Ortega Peña (La ley y las armas, junto a Pablo Waisberg, 2007) un periodista, Rubén Furman, nos había dicho: “Acá hay un déficit historiográfico, hay algo que no pudieron explicar: cómo esa generación de militantes que entró tan fuerte en la política rompió con sus padres gorilas”. Creo que, si bien no hay una relación directa, en los 60 están un poco esas claves de por qué se radicalizan en los 70: las democracias imperfectas, esta certeza de esa generación de que por las buenas nadie va a cambiar la proscripción del peronismo, ya como un hecho consolidado.

¿Qué te interesó de ese período?

Tenía ganas de ahondar desde lo cultural. Me parece que no hay momento del mundo de tanta ruptura, creatividad, tanta cosa nueva. Cuando veo esas estéticas tan logradas, esas paletas de colores, esas figuras, esas formas de pararse frente al mundo, con algo de elegancia, un poco old fashion y con vanguardias, esa necesidad de romper, de crear un mundo nuevo, tiene una potencia extraordinaria. La hora de los hornos la capta muy bien.

«El mensaje central del documental no envejece: es esa antorcha de la eterna lucha contra la presión. Eso va a estar ahí mientras exista la humanidad. Es su legado mayor: sostener ese valor inmortal».

Narrás la educación sentimental de Pino y Getino. ¿Por qué?

Entendí cuando empecé a indagar en los archivos y en la historia de la película que había algo de novela de aprendizaje, de coming of age: dos personas que se lanzan al mundo y a la adultez a través de una experiencia. Bueno, en el caso de Getino y Solanas, esa experiencia es La hora de los hornos.

Señales varias diferencias entre ellos

Claro. Por un lado, Pino Solanas, un chico de zona norte, con un origen y una cuna privilegiada, muy exitoso en la publicidad, un ámbito muy de la clase alta, que había vivido una vida idílica. En contraste con Getino que era un huido, un emigrado de la posguerra civil en España que nunca en su vida había tenido una bañadera, nunca había entrado a un café, que se las rebuscaba como podía para ir al cine cuando podía, revendiendo entradas. Un hombre que vivió una pobreza franciscana frente a la opulencia de un Pino que se había sabido construir en las artes y en un buen pasar. Hijo de profesionales, Pino, y Getino, hijo de trabajadores. Me interesó también porque, si bien hay cosas de ambos, no estaba estructurada una narrativa de su vida. El libro llega hasta que se marchan al exilio, que me parecía un buen cierre de ese recorrido.

También están sus propias derivas en torno al peronismo

Sí. Es interesante porque en ellos podemos ver un poco el proceso que atraviesa toda esa generación de peronización. Los dos arrancan muy lejos del peronismo, un poco más Solanas, que militaba en el PC.  En el caso de Getino, como él viene acá, se convierte en un trabajador metalúrgico, un delegado sindical muy combativo, pero trotskista. Venía de un trotskismo sindical sui generis, donde, por combatividad, centralidad, no despreciaban para nada el peronismo sindical. Se puede decir que Pino sí fue gorila en sus orígenes y Getino no, aunque no era peronista. Se ve muy claramente cómo ellos, a mitad de los 60, empiezan a orientarse más en la búsqueda de un sujeto revolucionario que se acomodara al tiempo histórico.  Ahí entra también Ortega Peña.

Era primo de Pino

Era un primo tercero, con bastante relación con Pino. Su rol dirigente dentro del peronismo era hacerle entender a las capas medias que el peronismo era la vía. Lo hace con su primo con mucha eficacia.

¿Cómo fue tu trabajo con el archivo? ¿Cuánto tiempo te llevó?

Me tomo tres años por libro. Creo que es el período básico para poder desarrollar la mejor investigación posible en los términos en que yo pueda hacerla. Fue difícil decidirme por este proyecto porque había una cuestión temporal que hacía que la mayor parte de los protagonistas o ya no estuvieran o sean ahora gente muy mayor. Ni hablar que ambos directores estaban muertos. Pero decidí hacerlo por intuición. Supuse que iba a haber un reservorio familiar, documental, una biblioteca, algo, que apareció en la mítica casona de Vicente López de Pino Solanas.

¿Qué encontraste allí?

Tiene como una especie de buhardilla en el segundo piso, con piso vidriado, con todos sus papeles. Por suerte fue un archivista increíble. Estaban sus intercambios epistolares con Getino, diarios de rodaje, apuntes, notas: un material increíble que, afortunadamente sus hijos (Victoria y Juan Solanas) y su viuda (Ángela Correa) me compartieron con absoluta generosidad y confianza. El resultado está ahí. Está muy documentado el libro: el relato de cómo se hizo la génesis de la película, las discusiones que tuvieron, las dudas, sus dilemas, cómo hicieron cada cosa. Fue un material extraordinario. Lamentablemente, por el lado de Getino, no hubo tanto por una cuestión de seguridad: su familia en 1976 decidió quemar todos sus papeles porque estaba muy perseguido. Con el archivo de Pino más los testimonios de Juan Carlos Desanzo, que fue el director de fotografía, montajistas y gente de Cine Liberación, pude armar toda la pintura.

Felipe Celesia escribió junto con Pablo Waisberg otros libros clave de la década del ´70. Entre ellas, las biografías de Mario Firmenich y Rodolfo Ortega Peña. Foto: Alejandra López.

Hay dos ejes clave en el documental: lo estético y lo político

Ellos, de algún modo, anticipan ese proceso de peronización: como buenos artistas lo perciben y expresan. Pero no dejan de ser hijos de esa época y de sumarse a algo que, creo yo, era un proceso inexorable por cómo había venido dándose la coyuntura política de los 50 y los 60. Al principio se resisten a esta identidad peronista y a la reivindicación del peronismo, porque no querían quedar entrampados en una suerte de juego de postulaciones y relaciones de poder dentro del escenario político. Querían que fuera algo más amplio. Es Ortega Peña, y también las discusiones que tuvieron entre ellos dos, lo que va ordenando ese recorrido.

No hay que olvidarse de que existe una suerte de división de tareas implícita, muy interesante, que tiene que ver con los saberes de cada uno: Pino tomando las decisiones formales/estéticas y Getino abocado a la labor ideológica/política. En esta dialéctica logran esa simbiosis que conecta con la época pero, a su vez, la anticipa. Creo que esto sería objeto de un análisis más profundo y específico, que me supera, pero hay algo de la estética de los 70, las organizaciones político-militares, que La hora de los hornos de algún modo funda.  Por todo eso, ellos lo toman y terminan rindiéndose a la evidencia de que el sujeto revolucionario de la historia era el peronismo. Esa no es una idea originalmente de Ortega Peña, aunque él la milita en los medios intelectuales, pero ellos la hacen propia y la desarrollan.

¿Qué observás en cuanto a lo estético?

Hay un Pino que venía de practicar con los fierros más nuevos que había para hacer cine, en su condición de joven mimado de la publicidad. En ese momento se habían abierto los cuatro canales privados y había una demanda enorme de cortos publicitarios. Ahí es donde llega Pino, habiéndose formado en teatro e intentado con Super 8, 16 milímetros. Es su manera de empezar a manejar esos recursos y probar cosas. Hace una cantidad enorme de cortos en muy poco tiempo. Además, se nutre mucho del cine industrial que se dio en los 60 en la Argentina. Llega a La hora de los hornos muy fogueado y pone en juego una especie de patchwork de todos los recursos, escuelas y líneas cinematográficas que conocía sin ningún prejuicio. La única tensión que se da en Pino, sobre todo, es la del formato documental: hasta dónde puedo contar la verdad que quiero revelar sin los recursos de la realización cinematográfica, simplemente con esa impresión de la realidad capturada por una cámara. Por momentos a Pino le parecía insuficiente.

En el libro citás algunas críticas de cómo fue recibida la película en aquella época. Hay una fuerte crítica de Beatriz Sarlo que hace pensar en cierta incomodidad que provocaba el peronismo en los círculos intelectuales

Pienso todo el tiempo cuánto hay de antiperonismo real y cuánto, también, de crítica sincera de algunos sectores de la política. Ellos tuvieron que dar muchísimas explicaciones, internas y externas, por esta reivindicación explícita del peronismo. Después de los halagos venía siempre el “pero”: ¿cómo están reivindicando un movimiento filofascista, filonazi? Ahí fueron centrales los fundamentos y explicaciones de Getino que venía con mucha gimnasia de asambleas. En ese punto hay un reconocimiento muy claro de Pino a la lucidez, la claridad y el coraje de Getino. La respuesta de ellos era nítida: los caminos de la liberación en la Argentina pasan por el peronismo y no ha habido un progreso de las clases menos favorecidas tan grande como hubo con el peronismo. Por lo tanto, nosotros nos sumamos a esa línea histórica.

¿Cuál creés que es el principal legado de La Hora de los hornos?

Mantener viva esa antorcha eterna de la lucha contra la opresión: el derecho a la rebeldía, el derecho de los pueblos a resistirse a sus opresores. Ese es, para mí, el mensaje central: no envejece, no va a caducar nunca, nunca lograrán vencerlo ni derrotarlo. Va a estar ahí mientras exista la humanidad. Ese es su legado mayor: sostener ese valor inmortal.

¿Creés que resiste el paso del tiempo?

Resistió bastante bien. Hoy es vista como una piedra de toque de los espíritus revolucionarios. Hay una generación que todavía está viva, que la vio y a la que le significó muchísimo en su vida. Para muchos fue incluso un insumo decisivo en su radicalización y en sus opciones políticas. Ver La hora de los hornos en los 60 —sobre todo hacia fines de la década—, en la clandestinidad, como respuesta a una dictadura brutal, era vivirla como un derecho a la rebelión, como un grito de libertad. Hoy, en cambio, puede ser vista por cualquiera con conciencia política que quiera reflexionar sobre el presente. Hoy más que nunca, porque La hora de los hornos es una gran denuncia sobre la desigualdad. Y creo que la desigualdad es el gran problema de este mundo. La película funciona como un estado de alerta y una señal de que hay muchos problemas derivados de esa desigualdad, de la existencia de ganadores y perdedores. En ese sentido, me parece que está más vigente que nunca.

«Hoy tenemos una relación de fuerzas desfavorable, pero eso va a pasar, como pasa todo. Lo primero que hay que hacer es convencerse de que las cosas pueden cambiar y dejar de autoflagelarse. La izquierda no es culpa de la derecha. Tampoco hay una suerte de mitad de camino entre las verdades de la izquierda y las de la derecha. Tengo respeto por las posiciones conservadoras. Pero una cosa es el conservadurismo y otra muy distinta es esta ultraderecha criminal».

Esto me lleva al subtítulo: «Arqueología de un país que ya no existe» ¿Qué pensás al respecto? 

Tiene algo de nostalgia y provocación. Nostalgia por ese país rebelde que empezaba a despertarse y lograba poner fin a una serie larguísima de dictaduras por un lado. Y, por el otro, una provocación en el plano de decir: ¿realmente ya no existen esos valores y principios como nos quieren hacer creer? Hay una campaña muy fuerte en ese sentido, una especie de “fin de la historia” aggiornado: la idea de que hay un destino inexorable, que sería un neoliberalismo salvaje, un capitalismo depredador, un tecnofeudalismo. Creo que eso es falso. No hay ningún camino inexorable. La historia la hacen los hombres y las mujeres. Hoy tenemos, es cierto, una relación de fuerzas desfavorable, pero eso va a pasar, como pasa todo. Lo primero que hay que hacer es convencerse de que las cosas pueden cambiar y dejar de autoflagelarse. La izquierda no es culpa de la derecha: a lo sumo serán el yin y el yang. Tampoco hay una suerte de mitad de camino entre las verdades de la izquierda y las de la derecha. Tengo respeto por las posiciones conservadoras. Pero una cosa es el conservadurismo y otra muy distinta es esta ultraderecha criminal. Ahí hay una diferencia que suele presentarse de manera mentirosa, ventajera, oportunista, miserable. Creo que esos principios y valores no desaparecen. La batalla es eterna. No es un mal momento para volver a revisar —por una cuestión de tradición y memoria histórica— los valores de la generación del 70 que hoy están un poco golpeados pero siguen tan vigentes como en aquel momento. Por supuesto, no estamos en un contexto de dictadura, y por eso el derecho a la rebelión armada no es una vía. Esa es la diferencia central. Pero en todo lo demás —planteos sobre quiénes mandan y obedecen, liberación de los pueblos, soberanía política, independencia económica, la justicia social— no cambió ni un poco.

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