Editorial sobre Carlos Saúl Menem

Carlos fue el títere de todos los que han destruido la Argentina, la marioneta del verdadero poder, detrás del «poder».

Vendió su nombre, su historia a quienes se enriquecen en las sombras. Fue la representación de lo peor de la política, es mentira que no alentó la grieta, ese discurso es de los que como el antes siguen siendo funcionales a los poderosos sin partido, que no tienen problemas en sacrificar a sus peones para seguir en juego.

Menem es el tipo que encubrió a los asesinos de su hijo, por seguir en el poder, fue un presidente que fuera de la presidencia siguió siendo protegido por los otros empleados del poder, no era católico, pero cometió todos los pecados capitales de la Iglesia y de su propia religión. Abuso del poder, despilfarro las riquezas de los argentinos, como se decía generó un ficticio paríso de bienestar con el 1 a 1 sabiendo que la fiesta la pagábamos los que no nos beneficiamos de ella.

Destruyó como pocos con su economía la industria nacional y así también nos llenamos de porquerías chinas, coreanas o de la India con mano de obra explotada. Generó las condiciones de impunidad y política que tentaron a mediocres abogados que se hicieron ricos como jueces federales unos y como operadores judiciales otros.

Ingresaron al país terroristas, narcotraficantes y vendedores de armas, creció como nunca el turismo sexual y la trata de personas. Su fascinación por la noche, los excesos y las mujeres fueron el apogeo de boliches como El Cielo, Trumps, Cocodrilo, nunca se investigó el asesinato de Poli Armentano y esa muerte fue un ejemplo para el resto de los «dueños» de boliches que a la fecha mezclan un poco de todo. Se lleva miles de secretos de la corrupción y el crimen organizado. Para muchos debió pagar por lo de Río Tercero, para mí, no alcanzan las muertes por las que debería haber pagado, porque dejó muertes por narcotráfico, por mafias, por trata, por corrupción, era en mi opinión un miserable, un tipo que en la política encontró revancha a la vida.

Lo conocí personalmente y me tocó tratarlo, era entrador, simpático, pero detrás de esa gran sonrisa también era un tipo que no tenía nada bueno para dar. Se cagó en el crimen de su hijo, no se podía esperar nada bueno de alguien así.

Por Marcelo Ricardo Hawrylciw

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