Cuando el pánico se vuelve ley

Un fenómeno no se convierte en escándalo o emergencia por naturaleza. Alguien, en algún lugar, necesita que lo creas.

Cuando el pánico se vuelve ley

Por Redacción Nota Antropológica

Es martes por la noche y la pantalla de tu teléfono ilumina tu cara, un hashtag se vuelve tendencia en X. Un político está denunciando una “nueva amenaza”. Un canal de noticias repite el mismo titular diez veces en el día. Tú sientes algo. Incertidumbre. Tal vez miedo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué de pronto todo el mundo habla de lo mismo?

La respuesta no está en el hecho que desencadenó el escándalo. Está en la manera en que ese hecho fue convertido en escándalo.

El sociólogo Howard Becker lo explicó hace tiempo en un libro llamado “Outsiders”, una investigación que abordó cómo entender la desviación social. Becker sostiene que un acto no es malo en sí mismo. Alguien tiene que definirlo como malo. Alguien tiene que tener el poder para hacer que esa definición sea aceptada y alguien tiene que salir a decirlo en voz alta.

Ese alguien es lo que Becker llama un “empresario moral”. Puede ser un político, un médico, un periodista o un grupo de activistas. Su característica principal es la convicción absoluta. Detectan un mal, creen que deben erradicarlo y movilizan todos los recursos a su alcance para lograrlo. No negocian. No matizan. Para ellos, el mundo se divide entre lo que está bien y lo que debería ser eliminado.

La prensa juega un papel importante en este proceso, ya que cuando un medio decide dar voz a un empresario moral, el asunto deja de ser un incidente aislado. Se convierte en una ola, ahí es cuando se multiplican los reportajes, las entrevistas, los análisis. Tú percibes que algo grave está ocurriendo, pero lo que ocurre, en muchos casos, es una construcción colectiva: una red de actores que coordinan sus discursos sin que se hayan reunido en una sala.

Becker llamó a esto “acción colectiva”. No es lo mismo que una conspiración, esta es una dinámica social donde cada participante actúa según su interés. El político busca votos. El periodista busca lectores. El activista busca visibilidad y todos, sin saberlo, se empujan mutuamente hacia imponer una definición de la realidad que termina convirtiéndose en ley, en campaña sanitaria o en juicio moral.

Un ejemplo actual que podemos tomar es la salud mental juvenil. Últimamente se ha vuelto una preocupación y es común escuchar hablar sobre crisis de ansiedad, depresión y el impacto de las redes sociales. Pero ¿desde cuándo eso es un “problema de salud pública” y no una serie de malestares individuales? Becker diría que depende de quién lo define. Un psicólogo clínico ve casos particulares. Un epidemiólogo ve estadísticas. Un político ve una plataforma de campaña. Ninguno miente. Pero cada uno construye una versión diferente del mismo fenómeno.

Lo mismo sucede con los éxodos migratorios, el consumo de ciertas sustancias o las subculturas urbanas. Un joven que usa una expresión de lenguaje nueva, que viste de cierta manera o que se reúne en un parque puede ser etiquetado como “peligroso”. Esa etiqueta no nace del vacío. Nace de una comparación implícita con lo que se considera “normal” y lo normal, en una sociedad compleja como la nuestra, es una decisión política.

Becker también dijo que una vez que una norma se impone, aparecen los “agentes de aplicación”, o sea, las personas e instituciones encargadas de hacer cumplir la regla. Su interés ya no es tanto el contenido de la norma, sino la necesidad de justificar su propio trabajo. Si dejan de perseguir el mal, ¿para qué existen? Por eso tienden a enfatizar que el problema persiste, que empeora, que exige más recursos. Lo hacen porque su lugar en el mundo depende de esa creencia.

Quienes crearon la norma, los empresarios morales, suelen sentirse frustrados con los agentes encargados de aplicarla. Los primeros quieren resultados inmediatos y los segundos saben que el trabajo nunca termina. El conflicto entre ambos alimenta el ciclo de noticias, denuncias y contra-denuncias y en medio de eso estás tú recibiendo el mensaje de que hay una amenaza y tienes que hacer algo.

¿Pero qué define realmente que un fenómeno merezca ser tratado como escándalo o como emergencia sanitaria? Pregúntate quién gana con esa definición. Pregúntate quién impulsó la alarma. Pregúntate qué intereses se movilizaron para que tú, hoy, sientas que eso es un problema.

Con esto no estoy diciendo que haya que negar la existencia del daño, la enfermedad o la injusticia, más bien es para tratar de recordar que antes de que existiera la ley, existió alguien que quería esa ley y antes de que tú sintieras miedo, existió alguien que necesitaba que lo sintieras.

Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios ¿Recuerdas algún escándalo que estalló de repente y una semana después ya nadie se acordaba? ¿Qué crees que haya pasado ahí? Si te gustó esta nota deja una reacción, síguenos para tener en tu feed la siguiente Nota Antropológica.

Fuente

Becker, H. S. (2009). Outsiders: Hacia una sociología de la desviación. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

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