Larreta y Santilli, silencio ante la guerra narco en la ex Villa 31 de Retiro

La banda de los Sampedranos y «El Loco César» se disputan a los tiros las zonas para vender cocaína, en menos de un mes ya se suman 6 muertos a balazos y sin avances para que el Estado tome el control del territorio.

Irala, el policía de la Ciudad, adicto a la cocaína, asesinado el martes, fue la última víctima de la guerra narco que se desencadenó por una razón insólita: el robo de un celular por parte de la banda de los Sampedranos (compuesta por personas de nacionalidad paraguaya) a una familiar del peruano César Morán de la Cruz, más conocido como «El Loco César».

El capo narco es célebre por los terribles crímenes que le adjudican y porque, incluso estando preso, sigue manejando todo. Su zona de dominio comprende entre las manzanas 105 y 107. La 99 y la 10 bis es territorio de la organización rival.

En 2016, desde la prisión de Devoto ordenó un homicidio por el que fue condenado a perpetua en octubre pasado. También habría estado detrás de un atroz triple crimen en 2018. Y, en febrero de este año, desde el penal federal de Chaco, dio la orden de matar a quien había robado a su familiar. Esta decisión dio pie a la guerra.

Tras el incidente del celular, el primer blanco fue Jorge Florentín Meléndez. De nacionalidad paraguaya y vinculado a la venta de droga, fue asesinado por los sicarios de «El Loco». Fue el 5 de febrero, cerca de la 1 de la madrugada. El crimen también dejó herido a Alfredo Sosa Ortellano en la pierna derecha.

La elección de Florentín no habría sido al azar. Se trataría del hombre que se negó a devolverle el aparato a la pariente del narco peruano. La sentencia fue la muerte.

El 14 de febrero llegó un mensaje al bando de «El Loco». Mariano Alvarado, miembro de su banda, fue atacado por cinco Sampedranos en la entrada al barrio. Le pegaron dos tiros en las piernas y le robaron la mochila.

Al día siguiente llegó otro más contundente. En la manzana 10 bis mataron a Kevin Moise Leonardo Ayala, un peruano de 23 años. El homicidio fue durante la tarde, muy cerca de la plaza de los Lápices, un punto neurálgico de la 31. El crimen generó conmoción a los vecinos que registraron imágenes del cuerpo acribillado sobre el asfalto. En el tiroteo, además, fue herido en la mano otro hombre de nacionalidad boliviana.

El 19 de febrero le llegó el turno a Lucas Báez, un consumidor que vivía en el barrio pero que no formaba parte de ninguna banda. Una versión indica que se enfrentó a narcos paraguayos porque lo habían echado de un sector ubicado en la manzana 5. Les había dicho que era argentino y que tenía derecho sobre la propiedad en la que vivía. Otra hipótesis indica que fue asesinado por haber sido testigo en el crimen de Ayala.

El 25 de febrero, en la manzana 99, mataron a Paul Juan Chocan. Había salido de prisión poco antes. Dos días después, acribillaron de once tiros a Santos Días Alvarado, alias «Romeo», que formaba parte del grupo de «El Loco César». Sin embargo, sobrevivió al ataque.

La respuesta fue instantánea: integrantes de la banda peruana corrieron armados hacia el sector opuesto y dispararon a mansalva. Hirieron a un rival, pero también a una mujer y a una nena que nada tenían que ver con el enfrentamiento.

Con el traspaso de la Policía Federal en 2016, la fuerza dejó de vigilar la zona. En su lugar, la Policía de la Ciudad intenta contener los embates narco. Ahora, Homicidios de la PFA investiga los crímenes de Báez y Ayala, en una causa que tramita en la justicia porteña.

Sin embargo, los detectives que trabajan en el caso y otros que siguen el devenir de las organizaciones criminales en el barrio de Retiro esperan que el fuero federal se ocupe del tema.

Incluso, la fiscalía de Jorge Di Lello sigue el tema y la Procunar, a cargo de Diego Iglesias, podrían comenzar a investigar los casos con el fin de llegar a los autores intelectuales de los asesinatos.

Detectives que trabajaron en la causa que envió a prisión al «Loco César» en 2012 ven algunas similitudes a la época más sanguinaria del narco, que buscaba obtener cada vez más poder y territorio a fuerza de balas. Temen que lleve la disputa al mismo terreno.

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