Hospice Buen Samaritano, un refugio que acompaña a personas con enfermedades terminales sin recursos

El hogar es gratuito para gente que atraviesa el final de su vida y es dirigido por Matías Najún, paliativista y presidente de la institución. “No los acompañamos a morir, sino a vivir hasta el final”, el gran lema del centro.

El Hospice Buen Samaritano, hogar gratuito para gente que atraviesa el final de su vida, es una gran ayuda para decenas de huéspedes que necesitan una contención en un momento difícil de su vida.

Tiene un jardín bien cuidado; un living con bibliotecas y una cocina integrada; cuatro cuartos para huéspedes; una pequeña capilla; una sala de reuniones en el segundo piso y en el comedor, una mesa puesta con té y budines.

Aquino, una de las personas que vive allí, aseguró que lleva dos meses en esta casa, ubicada en la localidad bonaerense de Pilar, que es gratis.

«Llegué jodido. En el hospital apenas me ponían agua oxigenada. Aquí estoy con ánimo, fuerza y muy contento. A Dios le entregué mi corazón para que haga lo que quiera. Me está sanando», revela y contesta que no tiene miedo: «¡Para nada! Dios sabe lo que hace conmigo».

Matías Najún es el presidente del hospice. Estudió medicina porque quería ayudar a los demás. Hizo la residencia y la rotación buscando estar cerca del que sufre: se volvió paliativista. Se formó en España e Inglaterra, que desde los años ’70 son líderes en la materia. Durante tres años fue voluntario del Hospice San Camilo de Olivos. Y en plena búsqueda personal, en 2006 diseñó un proyecto propio, sin tener un peso y a pesar de que «un lugar para pobres y terminales tiene poco marketing». Secundado por un grupo de doce médicos, ingenieros, arquitectos y enfermeras, constituyó la Asociación Civil sin Fines de Lucro Buen Samaritano.

Najún comenta, en medio de la ayuda a los huéspedes: «La sanación pasa por el encuentro. Puedo ser excelente para indicar morfina, pero si no te se mirar a los ojos, no sirve de nada. Acá no entramos a la habitación de un enfermo terminal. Entramos a la habitación de una persona. Por eso los esperamos con un cartel que dice su nombre y no un diagnóstico». Y agrega que hay evidencia científica de que con cuidados paliativos, se vive más tiempo, además de mejor.

Destaca que un hospice –término sin traducción al español– es para cuidar de manera competente y compasiva a alguien en el final de su vida. En tanto la medicina paliativa es más amplia: trata personas con enfermedades crónicas que requieren mucha atención. Habla de obstinación terapéutica, como ese vicio del sistema médico de no aceptar la muerte. Y reflexiona: «Algunos te dicen: trabajás en una casa dónde se mueren todos. Pero ¡nada que ver!: acá se vive otra cosa. Ya lo vas a ir comprobando. Porque los cuidados paliativos no tienen que ver con tirar la toalla. Sino con aceptar esta contraoferta que da la vida».

Cuando faltan sólo unos meses para que el Hospice Buen Samaritano cumpla diez años, por la casa pasaron más de 450 huéspedes. Algunos estuvieron sólo horas, otros semanas. Diez meses fue lo máximo. Tienen 120 voluntarios que se reparten entre gestión y turnos de tres horas para mantener la casa limpia y en orden. Además, en el Hospice trabajan 12 enfermeros en tres turnos –mañana, tarde y noche– con médicos, una psicóloga y una trabajadora social. Todo se solventa con donaciones.

¿Cómo llegan los huéspedes? Najún explica que Buen Samaritano ofrece cuidados paliativos en Hospital Público de Pilar y el de San Miguel. También los contactan de Capital Federal, como el Roffo o el Clínicas. E incluso un equipo recorre los hospitales buscándolos.

«Para venir al Hospice hay que estar amigado con la idea de la muerte. Es un privilegio ser parte de la última gran experiencia de vida de una persona», asegura. E invita a sumarse en la web (www.buensamaritano.org.ar) a la cena para recaudar fondos del 23 de mayo, en el Darwin de San Isidro.

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