Darío-Del-Arco-01Darío Del Arco, conductor de Radio El Mundo y ex director de la agencia de noticias DyN, fue víctima de un violento robo cuando ingresó a un consultorio. A través de Facebook, contó cómo fue el episodio.

“Tirate al piso!! Dónde está el arma ?? Vos sos cobani, vos sos cobani (Policía) !! Dame el arma o te mato…

Así comenzó el sábado 13 de julio a las 12:02 lo que pretendía ser una placentera y saludable sesión para aflojar mi inflamado, cincuentenario, rebelde y agarrotado nervio ciático.

Rápido, el esperado masaje empezó a convertirse en terror, en una tortura lenta y profunda en la que, sólo porque Dios quiso, NO se me fue la vida…

Cuando llegué al consultorio que mi añejo masajista tiene en su domicilio particular, Jorge llevaba ya una hora de privación de la libertad, maltratos, amenazas, y rejunte de todas sus pertenencias, fueran de valor o no.

El había llegado al lugar con tiempo suficiente como para preparar todo y afrontar el desafío de hacerme una espalda y cintura “a nuevo”. Pero, no pudo ser.

Una típica “entradera” a punta de pistolas le alteraron los planes a Jorge pero, también a mí.

Jorge ya termina un masaje, quiere pasar? Me preguntó mi primer futuro secuestrador-ladrón con tono amigable. Prefiero esperar en el auto escuchando música, le respondí cortés.

Pase, pase, Jorge ya terminó. Si quiere Usted se puede ir preparando, dijo al regresar a los tres minutos el mismo guacho ladrón. Ahh, le puso alarma al auto!! Igual, acá no pasa nada, me comentó mientras me abría el portón de ingreso y me acompañaba a lo que sería una trampa, casi mortal.

La puerta levemente entreabierta era para mí el pase directo a un sábado relajado y de alivio. Y fue así, sólo “era”.

Empujé suave la puerta que irreverente me ofreció una pequeña resistencia, hasta que un “NN masculino de unos 30 años” (como se dice en la jerga policial) se abalanzó sobre mí, apoyó su 9mm Bersa sobre mi sien y a los empujones me ordenó tirarme al piso.

Mi “cuerpo a tierra” fue rápido y sin dudar. El corazón latía a mil. Estaba muy sorprendido pero tranquilo. Mis casi 80 kilos se plancharon sobre el piso por propia voluntad, pero también por la presión que los caños helados -más helados que el piso- hacían sobre mi cabeza y en la zona intercostal.

Fueron 25 minutos de espeso terror. De desazón. De impotencia. De sentir que mi vida era de ellos. De no valer nada. De pensar en quienes amo…

Los protagonistas de la sensación de inseguridad eran tres. Los tres armados, los tres “fieritas”, llamativamente sobrios y sin un rasgo de sensibilidad. Sabían lo que hacían, pero no eran “profesionales”.

Boca al piso, con las cabezas tapadas y el llanto de Jorge como vaticinio de una tragedia que no fue, intenté con éxito poner un poco de tranquilidad, en una casa en la que el aire se abría y cortaba a punta de pistola.

Escuchamos como se llevaban y cargaban todo en un baúl. Hasta que, por fin, llegó una suerte de respuesta a mis plegarias: “atalos que nos vamos”, ordenó uno a otro de sus compinches.

Me ataron las manos atrás de la espalda con los pies en una sola maniobra. “Si sos cobani, ya sabés lo que se siente”, me escupió con odio uno en la nuca denotando ser un reincidente, tal vez serial.

Terminaron su faena y creí sentir el ruido celestial de un picaporte que se apoyaba en su casa natural del marco lateral.

Sólo se escuchaba el sollozo de Jorge, al que con palabras amigables y de esperanza incierta volví a relajar.

El indicio era que los secuestradores/chorros se habían ido pero, y si aún estaban ahí y se les ocurría disparar?

Los empecé a llamar: Flaco, Flaco, estás ahí? Se me está haciendo arena la muñeca…, me podés aflojar?? Flaco, estás ahí??

No hubo respuesta. Era la señal que soñaba para empezar a trabajar en lo que no sería fácil: desatarme. Despacito y con algo de dolor fui deslizando el hilo plástico de mis manos. La especie de U en la que estaba atado mi cuerpo no fue el mejor favor que me pudieron hacer. Pero, zafé…!!!!!!!!!!

Me arrastré hasta la ventana y, después de juntar coraje, me asomé. Necesitaba desesperadamente saber si se habían ido del lugar y sí… Ya no había rastros del Duna Blanco en el que cargaron todo, ni rastro alguno de ellos.

Sigiloso, estiré un poco más mi cuello y miré hacia afuera. Tampoco pude ver ahí el habitual brillo de “Lobito”, mi auto negro bautizado así en honor al perro color carbón que, aunque vagabundo, desperdiga cariño por metro cuadrado en el Jardín de mi hija Agustina a quien, durante los momentos más aciagos del secuestro y robo, ya le había pedido generosamente perdón por lo que imaginaba iba a ser dejarla huérfana con sólo 4 años.

Con un cuchillo desaté a Jorge. Salimos al patio. Saltamos un paredón de dos metros y le pedimos a la vecina (por siempre Gracias, Alicia) un teléfono, por favor.

Jorge intentó hablar al 911 pero los nervios lo paralizaron y me trasladó la llamada a mí.

Pedí auxilio y una ambulancia. No pude más. Traté de ser fuerte y mantenerme erguido pero, al ver tanta “sensación de inseguridad”, al verme sin mi cadenita y medallita de Jesús, sin mi alianza, sin mi dinero, sin mi celular, sin mis documentos, sin mis tarjetas, sin mi auto pero CON VIDA, me dije, aunque no sin culpa: Dale, Darío, te perdono. Yhh…, me quebré !!”

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