Cada vez se reportan más casos de ADD

Chico-estudianteEs un inconveniente que aqueja a una importante cantidad de niños y adultos. La opción más fácil para su «cura» por muchos especialistas es el suministro diario de una droga, incluso desde la infancia, lo que genera serios riesgos de adicción en los chicos.

Cada vez son más los niños y adultos que cotidianamente transitan consultorios y escuelas portando etiquetas de «ADD/H», abrochadas junto a su nombre propio, casi como un «alias», porque arrastran historias de problemas de aprendizaje y hasta de «fracaso escolar».

Están convencidos que padecen un trastorno supuestamente de origen genético e implicancias neurológicas para las que no se han encontrados pruebas (a través de ninguno de los recursos con los que cuenta el desarrollo médico-tecnológico actual) que lo justifiquen.

Sin embargo, son rápidamente diagnosticados con Trastorno del Déficit Atencional (ADD)y la opción más fácil para su «cura» por muchos especialistas es el suministro diario de una droga, incluso desde la infancia, lo que genera serios riesgos de adicción en los chicos.

Dificultades para sostener la atención, para cumplir las reglas sociales así como facilidades para distraerse, para cambiar de tareas sin haber terminado la anterior; hiperactividad e impulsividad constituyen los rasgos básicos del ADD.

Pero no todo chico inquieto, contestón, revoltoso y despreocupado por el estudio tiene ese trastorno, aunque últimamente así están siendo rápidamente etiquetados por maestros, neurólogos y psiquiatras, advirtieron especialistas argentinos durante el segundo Simposio Internacional sobre Patologización de la Infancia.

El ADD, por sus siglas en inglés, se puso en boga en los últimos años como un trastorno al que se le atribuye una etiología (causa) genética (es decir que además sería crónico) con «supuestas» implicancias neurológicas que -por esta misma razón- requiere de tratamientos farmacológicos en base a estimulantes y otro tipo de drogas psicoactivas.

Lo paradójico es que, esos mismos especialistas reconocen que hasta la fecha no pudo identificarse por ningún medio ni ningún marcador biológico la hipótesis del origen orgánico de este supuesto déficit que padecerían alrededor del 8 por ciento de la población infanto-juvenil escolarizada del país.

El DSM IV –Manual de Enfermedades Mentales- de cabecera en el que se apoyan y fundamentan (de origen americano) dice al respecto lo mismo.

«El diagnóstico de este trastorno se reduce entonces a la observación de la conducta del niño que realizan padres y maestros completando unos cuestionarios y a la administración de una serie de TEST que supuestamente miden con precisión matemática el grado de déficit atencional que padece», explica Gabriela Dueñas, psicopedadoga del Centro de Neurología Integral de Buenos Aires.

A partir de los puntajes obtenidos -continúa- se procede a continuación a prescribir la dosis de estimulante o psicofármaco que supuestamente precisa el niño para reordenar su conducta trastornada y responder con eficiencia a las exigencias escolares y expectativas de sus padres.

En algunos casos se sugiere además, complementar el tratamiento farmacológico con programas de adiestramiento conductual basados en un sistema de premios y castigos.

Para la especialista, este proceder son «pseudodiagnósticos» porque «se limitan a describir conductas observables en los niños que, por cierto y esto no se puede negar, ocasionan trastornos en el entorno propuesto por los adultos».

Resulta llamativo, añade, cómo en este tipo de estudios que se le realizan al niño u adolescente «se omite cualquier tipo de consideración o referencia a la dimensión socio afectiva que los implica».

«No se considera su historia ni sus condiciones de vida o escolaridad. En realidad, no se los escucha», dice.

Todo un contexto médico donde al chico «no se le presta atención, se re-niega de su dimensión subjetiva como si se tratara de una especie de procesador de información (data entry) biológico que no está funcionando correctamente en la fase ´in put ´(es decir de recepción de data)».

Frente a esta coyuntura que atrapa a miles de nuevos niños anualmente, Dueñas advierte que este tipo de diagnósticos termina reduciéndose entonces a un proceso de «etiquetamiento» o «rotulación», toda vez que se clasifica al niño supuestamente con una sigla que queda de por vida abrochada junto a su nombre propio.

Por su parte, «los tratamientos farmacológicos indicados sin una justificación científicamente comprobada y con efectos adversos sobre el organismo y la psiquis de estos niños -aún en estudio- (tal como advierten en los prospectos los mismos laboratorios que lo producen), pueden considerarse mínimamente como irresponsables, negligentes e incluso iatrogénicos», dispara Dueñas.

Y polemiza: «En realidad no parecen estar al servicio de mejorar la calidad de vida de los chicos sino todo lo contrario».

A su juicio, lo que se pretende es «aquietarlos» y «controlarlos químicamente» para que «se adapten a lo que la sociedad pretende de ellos o, quizás, a lo que el mercado pretende hacer de ellos: seres sumisos y robotizados consumidores con tendencia a las adicciones».

Sus aseveraciones son contundentes y no menos conflictivas. Pero no le teme a las críticas ya que Dueñas hace 20 años se dedica a esta problemática y asegura: No nos olvidemos que muchos de estos chicos se refieren a estas drogas prescriptas por sus médicos en términos de «la pastillita para ser buen alumno, para portarse bien y hasta algunos adolescentes incluso lo mezclan con alcohol».

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