Alfil en mano, Izarra sabe leer el próximo movimiento

Ricardo-IzarraReproducimos una nota a un compañero de juego del club de ajedrez publicada en el Diario Popular. Desde adolescente, la lectura y el ajedrez fueron actividades centrales para un hombre encaminado a honrar los valores del conocimiento y el saber como dos herramientas destinadas a abrir la mente.

Concentrado sobre el tablero ubicado en una de las largas mesas del club de ajedrez del colegio San Martín, en Avellaneda, Ricardo Izarra mueve el alfil en una jugada que a lo sumo en tres o cuatro movimientos seguramente echará por tierra las chances de su rival.

Cada partida que disputa varias veces a la semana desde que enviudó hace siete años, opera para Izarra como un conjuro a las horas que sobrelleva sin su compañera que le aporta, además, un intenso ejercicio mental. .

«El ajedrez me ataja los años«, apuntó a HISTORIAS DE VIDA este hombre de 83 años para quien, sin embargo, existe otra actividad que lo motiva tanto como el juego ciencia: la lectura.

«Tengo el malsano vicio de los libros en un momento en que la gente ha perdido el hábito de la lectura al punto que quienes valoramos lo que es leer, terminamos siendo vistos como raros«.

El vínculo de Izarra con los libros empezó cuando tenía 13 años, dos antes que un peluquero comenzara a enseñarle en Gerli, la localidad en la que se radicó tras venir con su familia de Olavarría, donde nació, como se movían las piezas sobre el tablero.

Por gestión de una profesora de historia encontró un trabajo ideal para el perfil cultural que venía desarrollado: la mítica revista Sur, de Victoria Ocampo, donde Izarra se desempeñó como administrativo.

«Allí conocí a personajes como Eduardo Mallea, Horacio Oyhanarte y Ernesto Sabato en un ámbito -admitió- donde me nutría con la lectura porque tenía la necesidad de estar a la altura de toda esa gente a la que admiraba».

Sin embargo la vida lo llevó por otros andariveles y terminó trabajando en una fábrica de lavarropas, en Avellaneda, donde fue uno de los trabajadores que pagó con el despido una postura huelguista que se extendió durante casi tres meses.

El otro matadero

Una llama combativa ya iluminaba el espíritu de Izarra que después consiguió un puesto en una cooperativa de carne en Florencio Varela. «El lugar era tétrico porque se carneaba de una manera terrible» recordó, al punto que haciendo gala de sus conocimientos literarios, lo comparó con aquel matadero descrito en el monumental cuento de Esteban Echeverría.

Allí también su interés por organizar el espacio gremial del establecimiento le generó un serio dolor de cabeza, al punto que su siguiente estación fue liderar un equipo de ventas que pateaba calles del Gran Buenos Aires ofertando sábanas, en verano, y frazadas, en invierno, a pagar en cómodas cuotas a crédito.

En el medio se había casado con María Isabel Fernández, «una gran tipa que sabía casi todo, al punto que yo bromeaba diciéndole que solo le faltaba conocer un par de cosas», rememoró con los ojos humectados. Con María Isabel tuvo dos hijas, Patricia, contadora, y Gabriela, arquitecta. A la familia se sumó Benito, el nieto en el que anhela ver trasladadas sus inquietudes basadas en el saber

Como siempre, sostiene a modo de lema que su vida «es aprender algo que todavía no sé» y por eso mantiene el hábito de la lectura y la práctica del ajedrez que le permiten mantener la cabeza abierta. Mientras tanto frente al tablero, allí en el Club San Martín, el alfil blanco que acaba de mover le cierra al rey negro toda salida posible. Pero no lo inmuta haber ganado. Ya lo sabía cuatro movimientos atrás.

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